Por qué la autenticidad es la última frontera del marketing disruptivo

Por qué la autenticidad es la última frontera del marketing disruptivo
En un eco­sis­te­ma satu­ra­do de con­te­ni­dos sin­té­ti­cos y pro­ce­sos auto­ma­ti­za­dos, la ver­da­de­ra dife­ren­cia­ción comer­cial no resi­de en la poten­cia de los algo­rit­mos, sino en la capa­ci­dad direc­ti­va de conec­tar con la sen­si­bi­li­dad huma­na.

La pro­li­fe­ra­ción masi­va de herra­mien­tas de inte­li­gen­cia arti­fi­cial gene­ra­ti­va ha ini­cia­do una era de dis­rup­ción per­ma­nen­te en la comu­ni­ca­ción cor­po­ra­ti­va. No obs­tan­te, la facul­tad de pro­du­cir tone­la­das de tex­to, imá­ge­nes o códi­go en cues­tión de segun­dos ha gene­ra­do un efec­to cola­te­ral impre­vis­to: un océano de uni­for­mi­dad. Cuan­do el mer­ca­do se satu­ra de men­sa­jes pre­de­ci­bles y de tono robó­ti­co, las mar­cas enfren­tan el ries­go inmi­nen­te de per­der su iden­ti­dad y la tan valio­sa con­fian­za de su audien­cia. Y todo esto por­que la homo­ge­ni­za­ción comu­ni­ca­cio­nal degra­da la per­cep­ción de valor de los pro­duc­tos y ser­vi­cios ofre­ci­dos.

En este con­tex­to actual y segu­ra­men­te tam­bién futu­ro, la evo­lu­ción tec­no­ló­gi­ca está obli­gan­do al sec­tor a rede­fi­nir la rela­ción entre el ser humano y las máqui­nas, en lo que diver­sos ana­lis­tas deno­mi­nan el para­dig­ma H2AI2H (Human to AI to Human). La inte­li­gen­cia arti­fi­cial fun­cio­na de mane­ra ópti­ma como un copi­lo­to ope­ra­ti­vo, pero la direc­ción estra­té­gi­ca y la empa­tía per­ma­ne­cen inal­te­ra­bles en manos de las per­so­nas. Los mer­ca­dó­lo­gos deben evo­lu­cio­nar des­de el rol de sim­ples ope­ra­do­res hacia el de coreó­gra­fos huma­nos, capa­ces de inter­pre­tar la emo­ción del clien­te y mode­lar la cul­tu­ra orga­ni­za­cio­nal.

La rede­fi­ni­ción del mar­ke­ting dis­rup­ti­vo

Esta bús­que­da de sin­gu­la­ri­dad conec­ta direc­ta­men­te con los fun­da­men­tos del mar­ke­ting dis­rup­ti­vo. Des­de que Clay­ton Chris­ten­sen con­cep­tua­li­za­ra la inno­va­ción dis­rup­ti­va en la déca­da de 1990, esta dis­ci­pli­na se ha carac­te­ri­za­do por rom­per las nor­mas con­ven­cio­na­les y desa­fiar las expec­ta­ti­vas del con­su­mi­dor. A dife­ren­cia de las estra­te­gias tra­di­cio­na­les, basa­das en la repe­ti­ción cons­tan­te de men­sa­jes pre­vi­si­bles, la dis­rup­ción ape­la a la pro­vo­ca­ción, la ori­gi­na­li­dad y el víncu­lo emo­cio­nal. La ver­da­de­ra dis­rup­ción no con­sis­te en gri­tar más fuer­te en los cana­les digi­ta­les, sino en ofre­cer una pers­pec­ti­va hones­ta que mue­va a la acción.

Los gran­des hitos publi­ci­ta­rios de las últi­mas déca­das con­fir­man este prin­ci­pio. Ahí está la his­tó­ri­ca cam­pa­ña de Apple en el Super Bowl de 1984, que no se limi­tó a pre­sen­tar un orde­na­dor per­so­nal, sino que cons­tru­yó una narra­ti­va sobre la liber­tad fren­te al tota­li­ta­ris­mo. Del mis­mo modo, la ini­cia­ti­va Real Beauty de Dove desa­fió los están­da­res esté­ti­cos tra­di­cio­na­les para cele­brar la diver­si­dad real, gene­ran­do una cone­xión pro­fun­da y ver­da­de­ra con el públi­co que se tra­du­jo en un impac­to social dura­de­ro e ingre­sos con­sis­ten­tes.

Hoy en día, la auten­ti­ci­dad se ha con­ver­ti­do en el prin­ci­pal argu­men­to de ven­tas ante audien­cias satu­ra­das por el rui­do digi­tal. Como seña­la la céle­bre publi­cis­ta Danie­lle Sabri­na, el lide­raz­go de pen­sa­mien­to repre­sen­ta la vía fun­da­men­tal para vol­ver­se visi­ble y con­fia­ble en un entorno media­do por máqui­nas. Asi­mis­mo, Bran­don Vaughan, direc­tor glo­bal de rela­cio­nes públi­cas de Sla­lom, ase­ve­ra que las his­to­rias más con­vin­cen­tes son aque­llas cen­tra­das en las per­so­nas: las deci­sio­nes que toman, las adver­si­da­des que supe­ran y los apren­di­za­jes que obtie­nen. Es por ello que las empre­sas que dele­gan por com­ple­to su voz cor­po­ra­ti­va en algo­rit­mos se pier­den de los deta­lles y el con­tex­to indis­pen­sa­bles para cons­truir cre­di­bi­li­dad a lar­go pla­zo. En la esfe­ra empre­sa­rial B2B, don­de las rela­cio­nes de con­fian­za son indis­pen­sa­bles, igno­rar este enfo­que humano debi­li­ta la repu­tación ins­ti­tu­cio­nal.

Por ello, la ver­da­de­ra dife­ren­cia­ción com­pe­ti­ti­va ya no pro­vie­ne úni­ca­men­te de la tec­no­lo­gía uti­li­za­da, sino del sig­ni­fi­ca­do que la sos­tie­ne. Euge­nia Lagu­na, res­pon­sa­ble de mar­ke­ting en Making Sen­se, afir­ma que el valor dife­ren­cial resi­de en la crea­ción de expe­rien­cias reales, con­ver­sa­cio­nes genui­nas y momen­tos memo­ra­bles que recuer­den a los con­su­mi­do­res la esen­cia de una mar­ca. La inte­li­gen­cia arti­fi­cial debe libe­rar tiem­po ope­ra­ti­vo para poten­ciar el cri­te­rio humano, pues solo la sen­si­bi­li­dad, la crea­ti­vi­dad y la éti­ca pue­den con­fe­rir tras­cen­den­cia a la comu­ni­ca­ción del futu­ro.

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