Comprar por Internet ya forma parte del día a día de cada vez más personas. También de quienes hace unos años estaban menos familiarizados con la tecnología. De hecho, el 80% de los mayores de 55 años en España ya utiliza internet, lo que supone alrededor de 13,3 millones de personas, según el VI Barómetro del Consumidor Sénior de Fundación MAPFRE.
Sin embargo, mientras el perfil del consumidor digital se amplía, muchas páginas web y aplicaciones siguen estando diseñadas para usuarios muy familiarizados con la tecnología, dejando fuera de la economía digital al grupo demográfico que más crece y con mayor poder adquisitivo.
Esta desconexión entre el diseño y el consumidor final está limitando las ventas de las empresas. Tal y como explica Salima Sánchez, docente del Curso de Neuromarketing de Deusto Formación, existe un evidente desajuste en el sector: “En muchas ocasiones, por intentar conectar con un perfil más joven y familiarizado con la tecnología, se acaba dejando fuera a quienes realmente necesitan ese servicio. Las webs se convierten en una barrera, la gente abandona el proceso y no se producen las ventas esperadas”.
El diseño excluyente: la barrera silenciosa del comercio digital
En el mundo del diseño y la experiencia de usuario (UX/UI) existe una tendencia a asociar lo innovador con lo llamativo o lo sofisticado. El problema aparece cuando esa búsqueda de diferenciación termina dificultando algo tan básico como encontrar un producto, entender una información o completar una compra.
“Es muy común identificar la innovación con un público joven y eso lleva a priorizar diseños llamativos o sofisticados frente a la facilidad de uso”, señala Salima Sánchez. “Cuando diseñamos pensando en un perfil muy familiarizado con la tecnología, tendemos a asumir que todos los usuarios tienen el mismo nivel de conocimiento digital. Eso hace que las interfaces incorporen procesos que resultan evidentes para unos, pero innecesariamente complejos para otros. En esos casos, la web deja de facilitar la tarea y se convierte en una barrera, provocando abandonos antes de completar la compra”, subraya.
La clave de diseñar pensando en las personas y no en su edad
La solución a esta pérdida de clientes potenciales no pasa por crear webs especiales para personas mayores, sino por aplicar disciplinas como el Neuromarketing, la psicología del consumidor y la economía conductual. Según la experta de Deusto Formación, el conocimiento de estas áreas permite comprender cómo interactúan las personas con los entornos digitales para reducir la carga cognitiva (la dificultad de procesamiento mental).
“Más que incorporar cambios específicos por el envejecimiento, lo importante es respetar desde un inicio los principios psicológicos y de usabilidad que facilitan el procesamiento de la información”, considera la docente, que propone “interfaces claras, una navegación consistente y una buena jerarquía visual benefician a cualquier persona. No se trata de diseñar de forma diferente para cada edad, sino de crear experiencias que permitan a cada usuario alcanzar su objetivo con el menor esfuerzo posible”.
En este sentido, hacer una web más accesible para una persona mayor no significa hacerla peor o menos atractiva que para una persona joven. Al contrario, cuando una experiencia es sencilla de entender, todos ganan.
Adaptar la experiencia a las necesidades reales del usuario
Para las marcas, revisar estas pequeñas fricciones puede significar una gran diferencia. Algunas de las prácticas que más pueden dificultar la navegación son esconder funciones importantes detrás de iconos poco reconocibles, utilizar tipografías demasiado pequeñas, abusar de los carruseles automáticos o añadir pasos innecesarios a procesos como el registro o la compra.
Por el contrario, la clave del éxito reside en volver a la simplicidad: “Una buena práctica consiste en ofrecer menús claros, textos legibles, botones con etiquetas descriptivas, formularios simples y mensajes que expliquen qué va a ocurrir en cada paso”, valora Salima Sánchez. “Cuanto mejor se adapta una experiencia a las necesidades reales, menores son las fricciones y mayores las probabilidades de venta, ya sea una compra, un registro o una solicitud de información”, concluye.
Por ello, en un momento en el que cada vez más personas compran, comparan y se informan por internet, hacer que una web sea fácil de entender no es solo una cuestión de diseño o accesibilidad, sino que también es una cuestión de negocio.