El periodo estival representa un espacio para el descanso y la desconexión, pero constituye también un momento propicio para la reflexión sobre la trayectoria profesional. Durante las vacaciones, es habitual reevaluar metas y plantearse interrogantes de fondo sobre la continuidad o el cambio en las organizaciones. Para muchos trabajadores, este periodo de pausa es terreno fértil para preguntas acerca de su futuro: “¿Quiero cambiar de empresa o de sector? ¿Me llena lo que estoy haciendo? o ¿Necesito volver a trabajar después de años fuera del mercado laboral?”, son algunas de ellas.
La situación adquiere características muy particulares cuando la búsqueda de empleo se plantea a partir de los 45 años. El proceso implica una dimensión compleja, acompañada de dudas, miedos sobre la vigencia del perfil y la necesidad de superar barreras de edad en la selección.
Frente a la percepción social de que la búsqueda activa de empleo se limita a perfiles júnior, los indicadores del sector demuestran una realidad más heterogénea. De acuerdo con el Informe sobre el Estado del mercado laboral en España, elaborado por la plataforma de empleo InfoJobs y la escuela de negocios Esade, el 34% de los candidatos que buscan trabajo cuenta con más de diez años de trayectoria laboral. Si bien esta experiencia no equivale automáticamente a superar los 45 años, el dato desmonta la asociación entre movilidad e inexperiencia, demostrando que la búsqueda de desarrollo profesional forma parte habitual de carreras consolidadas.
La paradoja surge cuando estos profesionales sénior, respaldados por décadas de ejercicio práctico, intentan reincorporarse o cambiar de organización y se enfrentan a obstáculos resultantes de brechas por edad. En este punto emergen incertidumbres recurrentes que hacen tambalear la confianza del candidato, quien se pregunta si seguirá encajando su perfil o cómo afrontar una entrevista tras varios años sin hacer una. A estas dudas psicológicas se suma el temor a ser descartados por estar sobrecualificados para determinadas posiciones, conviviendo a la vez con la preocupación de sentirse desactualizados respecto al uso de nuevas herramientas tecnológicas.
La complejidad de esta búsqueda de empleo se constata en el Informe del Mercado de Trabajo de las Personas Mayores de 45 años elaborado por el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), el cual muestra que este colectivo representa el 50,9% de las afiliaciones a la Seguridad Social, pero su peso en los contratos formalizados se reduce al 27,1%.
Pese a esta desproporción entre la presencia en la Seguridad Social y las nuevas contrataciones, el informe del SEPE aporta datos macroeconómicos altamente positivos que confirman una progresiva dinamización del talento maduro. A lo largo del año 2025 se formalizaron 4,24 millones de contratos con personas mayores de 45 años, observándose un crecimiento de la contratación del 6,75% en el tramo de los mayores de 59 años. Pero no termina ahí: cerca del 40% de los contratos suscritos por este colectivo fueron de carácter indefinido, alcanzando la tasa más elevada registrada en toda la serie histórica de las estadísticas laborales. Estos indicadores reafirman que iniciar una nueva etapa profesional pasados los 40, 50 o 60 años es una realidad cada vez más “normalizada” en el tejido empresarial.
Para garantizar la empleabilidad futura y responder a las exigencias cambiantes del entorno económico, la formación continua se erige como un pilar esencial. Según el Informe Competencias Digitales y Desarrollo Profesional de InfoJobs, las habilidades técnicas (64%), el dominio de idiomas (48%) y el manejo de herramientas de inteligencia artificial (42%) se ubican entre las prioridades más demandadas por las empresas. Esta actualización de conocimientos debe ser impulsada tanto por las organizaciones a través de programas de capacitación interna como por la iniciativa individual de los propios trabajadores. Sin embargo, para alivio de muchos, adaptarse a las transformaciones digitales no implica empezar desde cero, sino poner en valor el bagaje práctico acumulado.
En última instancia, reinventarse profesionalmente en etapas maduras plantea retos innegables, pero cuenta con la ventaja competitiva de la experiencia. A lo largo de su ejercicio laboral, el trabajador acumula habilidades transferibles y un criterio práctico adaptado a entornos complejos. Por ello, en el entorno actual, la clave del éxito profesional sénior consiste en saber articular y proyectar todo el valor acumulado para afrontar nuevos retos con garantías.