En España, en 2024, se registraron más de 600.000 bajas laborales por motivos de salud mental, siendo la segunda causa de baja temporal.
La salud mental se ha convertido en una de las principales preocupaciones del siglo XXI. Depresión, ansiedad y otros trastornos psicológicos están detrás de una crisis silenciosa que impacta de lleno en el bienestar social y la calidad de vida de millones de personas, además de en la productividad. Según la Organización Mundial de la Salud, la depresión es un trastorno mental frecuente que afecta aproximadamente al 5,7% de la población adulta mundial y representa una de las principales causas de discapacidad a nivel global. La sintomatología depresiva, en función de su gravedad, puede afectar a nivel cognitivo y emocional, generando múltiples dificultades en la vida diaria, laboral y social, y pudiendo llevar, incluso, a una incapacidad permanente si es crónica y severa.
Hasta hace poco, la depresión y otros problemas de salud mental han sido invisibilizados, lo que dificulta su prevención, detección temprana y una adecuada intervención. Afortunadamente, cada vez es más habitual que se hable en medios de estas cuestiones y a nivel social progresivamente van siendo cada vez más identificados y compartidos públicamente. No obstante, las cifras aún siguen siendo alarmantes.
En 2024 (último año del que se han publicado cifras oficiales hasta el momento) se contabilizaron en España más de 600.000 procesos de incapacidad temporal relacionados con trastornos mentales. Además, se convirtieron en la segunda causa de incapacidad laboral temporal. De hecho, entre 2018 y 2024 las bajas por síntomas emocionales aumentaron cerca de un 490%. A este escenario se suma el incremento significativo del consumo de psicofármacos. Un estudio reciente de Cofares señala que la solicitud acumulada de antidepresivos aumentó un 24% durante 2024. Estas cifras evidencian la magnitud del problema y la necesidad de actuar de manera urgente desde las instituciones, las empresas y la sociedad en su conjunto.
Uno de los sentimientos que los expertos identifican como nuclear en la depresión es la tristeza, generalmente asociada a la pérdida (de un estatus, de una condición, de una persona o ser querido, de algo que se anhela…). La pandemia de la COVID-19, la inestabilidad geopolítica, la precariedad laboral, las dificultades de acceso a la vivienda y las altas tasas de desempleo, especialmente entre los jóvenes, han ido generando en muchas personas un clima de incertidumbre prolongado en el tiempo y han propiciado muchos contextos de pérdida y desesperanza
Según explica Irene Caro, profesora y directora del Doctorado en Salud Mental y Prevención del Suicidio en la Era Digital de la Facultad de Psicología y Ciencias de la Salud del Grupo Educativo CEF.- UDIMA, “tradicionalmente la depresión se asociaba a aspectos endógenos de la persona y muy ligados a circunstancias particulares, pero ahora cada vez más se pone de relieve el profundo impacto que los aspectos sociales, económicos, sanitarios y del entorno tienen en el bienestar”. La experta recuerda que experimentar tristeza es una reacción normal y adaptativa, pero advierte de que “cuando la tristeza es constante, generalizada y se prolonga en el tiempo, puede desembocar en trastornos físicos y mentales”.
Detectar a tiempo un proceso depresivo es clave, por lo que es importante saber identificar las señales de alarma más frecuentes, como son:
• Estado de ánimo bajo, tristeza persistente o sensación de desesperanza.
• Pérdida de interés o placer por actividades que antes resultaban gratificantes.
• Cambios significativos en el apetito o el peso.
• Alteraciones del sueño (insomnio o dormir en exceso).
• Fatiga constante o falta de energía.
• Dificultad para concentrarse o tomar decisiones.
• Sentimientos de inutilidad o culpa excesiva.
• Pensamientos recurrentes sobre la muerte o el suicidio.
Si estos síntomas perduran en el tiempo, más allá de dos semanas, los especialistas recomiendan acudir a un profesional de la salud mental. Pero también coinciden en que hay pequeños cambios que podemos introducir en nuestro día a día y que pueden ayudarnos a mantener el equilibrio:
• Mantener hábitos de sueño y alimentación saludables
• Establecer rutinas y metas pequeñas y alcanzables
• Alimentar las relaciones sociales cercanas y de complicidad
• Centrarse en el momento presente, evitando anticipar escenarios negativos futuros.
• Buscar espacios donde poder compartir, hablar y desahogarse con personas de confianza.